martes, 14 de febrero de 2012

Renunciar

Moviendo los pies a pasos tan lentos que ni siquiera puedes percibir el movimiento que haces, tan pequeños que que la punta de un pie no llega a estar más de una uña adelante de la otra, con tanto esfuerzo que respirar le transpira una gota de sudor y dificultad. Ese pobre hombre sufriendo del aire de su mismo aliento, con los brazos atados por sus propios dedos, vagando a paso sufriente, esperando liberarse al llegar a ese pequeño punto de luz que a lo lejos se ve, frente a su pecho la luz tenue le coquetea, invitándolo a acercarse, a esforzar aún más para llegar ahí, dando velocidad al hombre, luchando consigo mismo por alcanzar esa luz desconocida que le da vida y lo motiva a seguir.

Cuando más cerca estuvo de la luz, cuando más calor sintió, cuando por un momento, libero sus manos y sus pasos se extendieron, la luz se apartó unos metros, y el hombre, regresando a su doloroso estado, decidió tirarse al suelo, a esperar a que la luz lo volviera a iluminar para levantarse y continuar con esa costosa travesía.

Cuando peor se sentía el hombre, la luz se fue apagando, haciéndose más tenue, más obscura, y cada vez más al hombre se le cerraban los ojos y ni siquiera trataba por observar como su luz se desvanecía, pero su cabeza golpeo el suelo, y del dolor se levanto un momento, recordó el calor que sintió alguna vez.

La luz, sigue donde mismo, el hombre también, pero a transpirado mucho ya, y es, porque ya dio su primer paso.

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